Eso es lo primero que pensé cuando supe que la única forma de ser madre era mediante ovodonación.
Recibir los óvulos de otra mujer. Una mujer que no sería su madre, porque esa sería yo. Pero no compartiríamos genética.
No me sentía cómoda. Se me hacía extraño. Era algo demasiado diferente a lo que siempre había imaginado. Yo siempre había pensado que tendría hijos biológicos y que también adoptaría.
Y entonces pensé…
“Si querías ser madre adoptiva y te encantaba esa opción, ¿por qué te sientes rara pensando en la donación de una célula?”
Le di muchas vueltas.
Era el hecho de pensar que algo de otra mujer iba a estar dentro de mí y que gracias a esa célula iba a poder existir mi hijo.
¿Sería mi hijo?
Sí, claro, sería mi hijo.
Pero hasta ese momento no había valorado esa opción y me costaba encajarla en mi vida, en mi presente y en mi futuro.
Ahí entendí que estaba atravesando un duelo genético.
Miré alrededor buscando referentes, pero no vi a nadie.
Entonces pensé:
“Yo soy donante universal y dono sangre de manera regular. Hay células mías en el cuerpo de otras personas. Viven gracias a mi sangre”.
Igual que ocurre con todas las donaciones.
No diría que no a una donación de corazón, de riñón o de pulmón. Al contrario, daría las gracias.
Entonces lo vi claro:
acepto esa célula y la agradezco.
Miré hacia adelante intentando imaginar el futuro.
Mi hijo se formaría y crecería en mi cuerpo.
Le pariría yo.
Le cuidaría yo.
Le educaría yo.
Sería mi hijo.
Porque para mí ser madre no era una opción. Era mi porqué. Mi proyecto de vida. Mi razón de ser.
Y eso no dependía de la genética, sino del amor, de la conexión, del vínculo.
Me sentí cómoda con el proceso.
Me pareció precioso que alguien más me ayudara a llegar hasta mi hijo.
Me invadió una sensación de ilusión. De felicidad.
Había una salida.
Y fue ahí, en ese momento, cuando me di cuenta de que había superado mi duelo genético.
Ahí entendí que estaba lista para empezar este tratamiento de fertilidad, recibir el óvulo de una donante e ir a por mi hijo.
El mismo que ahora mismo está en el colegio, jugando como loco con sus compañeros y compañeras.
Bendita donación.
Benditos donantes.